¡No hay nada que celebrar! Este 28 de julio el Perú llora la traición de sus propios hijos


Este 28 de julio no hay razones para el festejo. Hay una bandera que merece respeto, un himno que emociona y una patria que amamos profundamente, pero también un país herido por quienes juraron defenderlo y terminaron saqueándolo. La peor tragedia del Perú no han sido las crisis económicas ni los desastres naturales, sino la ambición desmedida de quienes hicieron de la política un negocio personal. Durante décadas, la corrupción, el abuso del poder y la impunidad han hipotecado nuestro futuro, mientras millones de peruanos continúan esperando servicios básicos, seguridad y oportunidades que nunca llegan.
Sin embargo, sería un grave error atribuir toda la responsabilidad únicamente a la clase política. La crisis nacional también refleja una profunda descomposición ética de la sociedad. Cada acto de corrupción tolerado, cada voto entregado por intereses particulares, cada favor obtenido al margen de la ley y cada ciudadano que guarda silencio frente a la injusticia fortalecen un sistema que premia la deshonestidad y castiga la integridad. Un país no se destruye solo por sus gobernantes; también se debilita cuando sus ciudadanos renuncian a defender los valores que sostienen una república.
Por eso, este 28 de julio no debería ser una fecha para discursos vacíos ni ceremonias de ocasión, sino un día de examen de conciencia nacional. Amar al Perú no consiste en vestir los colores patrios por un día, sino en recuperar la honestidad, exigir autoridades íntegras y asumir que el cambio comienza con cada uno de nosotros. Solo cuando el interés colectivo esté por encima de la ambición personal podremos volver a celebrar con orgullo una patria verdaderamente libre, justa y digna.






